Candados de Candela
Candela había salido de mi vida. Nunca pensé que cuarenta años de relación se pudieran resumir en veinte segundos de agonía. Había vuelto a soñar con ella. Saqué fuerzas de donde no me quedaban y me levanté. Las nubes cubrían el cielo con una facilidad asombrosa, y ni un rayo de Sol se colaba por mi ventana. Candela se los había llevado todos. Tambaleándome, conseguí llegar a la clavija de la luz y prendí la lámpara de la mesita. Allí, a mi lado, seguía ella.
Entré al baño y el espejo me devolvió una mirada vacía, extraña. Me despejé como pude y volví la mirada al espejo. Otra vez. Esos ojos rojos no podían ser míos. Decidí no darle mayor importancia, pero desde entonces evité las miradas sinceras. Me vestí todo lo rápido que mis manos me permitieron, y me dispuse a salir de la casa.
Nada era igual. Las calles, antaño cubiertas de polvo y maleza, ahora estaban llenas de humo y alquitrán. Quería correr, pero mi cuerpo me lo impedía. Él, me cogió por el brazo, y amablemente me devolvió a lo que yo había llamado mi hogar, aunque ahora era mi cárcel.
Volví a sentarme en mi sillón, y me dormí. Cuando desperté, ahí estaba la desconocida. ¿Acaso no podría estar nunca sólo? A ella le brillaban los ojos, que observaban ensimismados el centro de la mesa. Encima del tapete de la mesa había una caja de madera oscura que yo no recordaba haber visto nunca. Las rocallas en relieve cubrían la tapa y en un lateral se vislumbraba un candado de latón.
La mujer se acercó poco a poco a mi y rebuscó entre las cadenas de mi cuello. Mi pulso se disparó. Nunca había dejado que otra mujer que no fuese Candela me acariciara, pero esa vez supe que debía dejarme. Dócilmente, agaché la cabeza y dejé que las dos cadenas salieran limpiamente. En una, colgaba una chapa de metal con números grabados. En la otra, una llave de idéntico color que el candado.

Ella, más nerviosa que antes, me ofreció su mano y yo se la cogí. Sentí la energía entre nosotros y me dejé llevar. Nos sentamos frente a frente, con la caja en medio de los dos. Tendí la mano y ella me acercó la llave. Abrí la caja torpemente y mis ojos se posaron en su interior. Arqueé una ceja.
Levanté la mirada y Candela me sonreía. El mundo siguió girando, haciéndonos envejecer. Así fue hasta que la luz que nos unía se apagó y mi memoria se quedó a oscuras. Esperando a mi Candela.
